En apenas un par de décadas, Internet ha pasado de ser una poderosa herramienta complementaria a convertirse en el canal central para gestionar nuestra vida cotidiana. A través de la red, y especialmente desde la irrupción de los smartphone, realizamos todo tipo de trámites, nos informamos o, incluso, nos relacionamos y conectamos con otras personas. Este avance, incuestionable en términos de acceso y comodidad, también ha ampliado los posibles riesgos.
El cibercrimen –también conocido como ciberdelincuencia o delito informático– se ha ido sofisticado con el paso del tiempo, obligando a prestar atención a sus distintas formas, su evolución reciente, su impacto en colectivos vulnerables y las estrategias necesarias para prevenirlo.
En España, se registraron un total de 464.801 ciberdelitos en 2024 según el último Informe sobre la Cibercriminalidad del Ministerio del Interior de ese país. Dentro de esta etiqueta, se engloban diversos actos delictivos como las amenazas y coacciones a través de la red, los daños al honor, la propiedad intelectual e industrial o la falsificación y el fraude informático.
El dato común que tienen todas estas acciones ilegales es que se cometen utilizando Internet, redes informáticas o dispositivos electrónicos. Dicho en palabras sencillas: un ciberdelito es una estafa o un engaño que, en lugar de ocurrir en la calle, ocurre a través del móvil, del ordenador o de Internet.
La mecánica es la misma de siempre. Alguien se hace pasar por quien no es para quitarnos algo, pero las herramientas son nuevas: un correo, un SMS, una llamada, una web que parece la de su banco.
La mayoría de los ciberdelitos, en concreto el 88,8%, corresponde a lo que se conoce como fraude informático, es decir, que lo que persiguen los delincuentes de forma directa casi en nueve de cada diez ocasiones es nuestro dinero. En segundo lugar, “van detrás de datos: las claves del banco, el DNI, las contraseñas… porque con esos datos pueden acceder a nuestro dinero más tarde o venderlos a otros delincuentes.
MAYORES EN LA ECUACIÓN
¿Cómo afecta el cibercrimen a los mayores? Según diversos estudios, este colectivo no es el grupo etario más afectado. Si nos centramos en el fraude informático –la categoría que se da con más asiduidad–, en 2024, hubo casi 40.000 víctimas mayores de 65 años, menos de la mitad de las registradas en el tramo 51-65 años (80.321). Además, los sénior se sitúan también por debajo de los grupos 26-40 años (76.232) y 41-50 años (70.029).
No obstante, esto no significa que su impacto en las personas mayores sea menor, todo lo contrario, ya que, en 2016, apenas había 1.568 casos de fraude informático que afectase a mayores de 65 años, es decir, en ocho años esta cifra se ha multiplicado por 25, en ningún grupo ha crecido tanto. Además, hay que tener en cuenta la incidencia de la brecha digital a edades avanzadas. Aunque el uso de la tecnología por parte de los sénior ha crecido de forma exponencial en la última década, según el informe Envejecimiento en red de octubre de 2025 publicado por el CSIC, todavía alrededor de un 20% de las personas entre 65 y 74 años no utiliza Internet; un dato que asciende hasta casi el 60% en el caso de las que superan los 75 años. Así, es cierto que se están acortando las distancias, per grupos como el de 45-54 años rozan el 100% del uso de la red. Es decir, con una mayor alfabetización digital, que está en constante mejora, es probable que las cifras de ciberdelitos se igualen.
Las personas mayores son un objetivo prioritario para los ciberdelincuentes, pero no por una cuestión simplista de vulnerabilidad intelectual, sino por una combinación de factores estructurales, sociales y emocionales que los atacantes conocen perfectamente. Por un lado existe una brecha en la alfabetización digital. Aunque cada vez más personas mayores utilizan tecnología, no siempre han desarrollado mecanismos de defensa frente a entornos digitales hostiles. No han crecido con estos riesgos y, por tanto, no tienen interiorizados ciertos patrones de alerta.
Por otro lado, hay un componente emocional muy relevante. Los ciberdelincuentes explotan variables como la confianza en la autoridad, la necesidad de conexión o el miedo a perder dinero. Además, muchas personas mayores disponen de ahorros acumulados, lo que las convierte en objetivos económicamente atractivos. Esta combinación, acceso a recursos y menor exposición previa al fraude digital, hace que sean un target estratégico dentro del ecosistema del cibercrimen.
Las personas mayores han crecido en una cultura donde la palabra dada tenía valor y donde si alguien se presentaba como empleado del banco, como policía o técnico, se le creía. Esa confianza, que es una virtud social preciosa, los ciberdelincuentes la explotan sin escrúpulos.
También se suman otros tres factores que hacen al colectivo sénior más vulnerables frente a los ciberdelitos: la menor familiaridad con cómo funcionan las estafas digitales; el posible aislamiento y soledad, que los delincuentes aprovechan en estafas amorosas (romance scam); y el mencionado patrimonio acumulado tras toda una vida de trabajo que los convierte en un objetivo más rentable para los estafadores.
ENGAÑOS MÁS PULIDOS
Recientemente, expertos de ESET, empresa de la industria de seguridad informática, han identificado varios tipos de ciberestafas especialmente peligrosas por su impacto económico y emocional. Así, mencionan el phishing institucional, que son los correos o las llamadas telefónicas en las que el estafador se hace pasar por un banco o incluso Hacienda, y en los que solicitan datos personales o pagos urgentes. En esta línea, también están los falsos soportes técnicos, con mensajes o llamadas alertando de supuestos virus en los dispositivos y pidiendo el acceso remoto para supuestamente poder repararlos.
Otras ciberestafas pasan a un nivel más personal. Entre ellas, están las estafas románticas, en las que los delincuentes establecen relaciones afectivas falsas para, al final, pedir dinero ante supuestas emergencias. Son similares los engaños del ‘familiar en apuros’ en los que, como su nombre indica, se suplanta a seres queridos que, de nuevo, piden transferencias urgentes y grandes sumas de dinero.
Por último, en ESET han señalado otra trampa: la inversión fraudulenta, que promete rentabilidad rápida y que, a veces, cuenta con el respaldo falso de figuras públicas para ganar nuestra credibilidad.
NotiVeraz