Lejos de ser un fenómeno marginal, el impacto de lo se cuece desde Cabimas se percibe en toda Venezuela… y fuera de ella. Comercios, familias y plataformas de pago de todo el país están a la merced de sufrir pérdidas económicas. Una situación de inseguridad que crece a medida que también lo hace la sofisticación de las estafas.
La identidad petrolera de Cabimas, su ubicación en la Costa Oriental del Lago y el peso de su población —en torno a 300.000 habitantes— han configurado un ecosistema atractivo para estafadores y reclutadores digitales. Sin embargo, aún es una gran desconocida en el terreno internacional.
A ello se suma un mercado local de servicios y remesas que favorece el intercambio de divisas y de bienes comprados online, caldo de cultivo aprovechado por los ciberdelincuentes en Venezuela que diversifican fraudes y mecanismos de ingeniería social para captar víctimas.
Radiografía local de la capital de la ciberdelincuencia: Cabimas
Entre 2020 y 2022 las delegaciones policiales de la zona procesaron al menos 7.530 denuncias relacionadas con fraude electrónico, con 127 detenciones en ese lapso, cifras que ilustran tanto la magnitud como la persistencia del problema.
En parroquias como Carmen Herrera, La Rosa y Ambrosio se concentra buena parte de las células delictivas que extienden sus redes hacia municipios vecinos y otros estados, replicando metodologías que luego son copiadas por otros grupos de ciberdelincuentes en Venezuela.
Los expedientes muestran una mezcla de técnicas: acceso indebido a correos, secuestro de cuentas en redes sociales, suplantación de identidad y ofertas engañosas con productos o divisas.
No se trata de acciones improvisadas. Detrás hay rutinas, horarios nocturnos, reparto de tareas y uso de herramientas para automatizar búsquedas de datos o segmentar potenciales víctimas. En esa dinámica, la tecnología opera como catalizador y como máscara.
Las tácticas más utilizadas por los cibermalos
El llamado carding se consolidó como modalidad de entrada antes de 2016, alimentado por fallos de seguridad en tiendas en línea y por el comercio informal de bases de datos bancarias.
A partir de allí, las bandas reforzaron su caja de herramientas con páginas clonadas, capturas de credenciales y campañas de phishing que imitan mensajes de plataformas de pago o servicios públicos.
Estas prácticas no solo generan flujo de dinero, también crean reputación y jerarquías internas entre los ciberdelincuentes en Venezuela, que se miden por la capacidad de conseguir tarjetas válidas, vulnerar perfiles o mover mercancía sin levantar sospechas.
El negocio no se limita a robar. Incluye logística, reempaque, triangulación de envíos y reventa local. Cada eslabón suma coste operativo y margen de ganancia. Cuando un esquema se hace popular, los autores pivotan hacia nuevas narrativas: emergencias familiares, cambios de número, ofertas de divisas con leve descuento o remates de productos importados. Todo se articula para explotar la confianza y la urgencia.
Víctimas, canales y aprendizaje institucional
Las víctimas de esta mafia de la ciberdelincuencia que actúa desde Cabimas son variadas: jóvenes con alta exposición en redes, emprendedores que venden por mensajería, jubilados con teléfonos heredados y medidas de seguridad mínimas. Y muchos más.
La mayoría comparte un patrón: transacciones rápidas, verificación deficiente y presión emocional. Con el tiempo, campañas de prevención han reducido reclamaciones por ciertos engaños, pero han surgido otras variantes más complejas.
Este efecto “gato y ratón” obliga a actualizar protocolos y mensajes de alerta para contener a los ciberdelincuentes en Venezuela que adoptan nuevos pretextos y plataformas.
El aprendizaje institucional se ha acelerado. Las unidades contra delitos informáticos integran análisis de direcciones IP, cruces de datos de SIM y monitoreo de patrones en redes sociales. La cooperación con operadores de telecomunicaciones ha mejorado la trazabilidad, aunque persisten cuellos de botella legales y técnicos en la obtención oportuna de evidencias digitales que resistan en tribunales.
¿Qué hace la policía?
La actuación policial en Cabimas ha permitido desarticular varias bandas y documentar perfiles de riesgo, con especial atención a rangos de edad más expuestos al reclutamiento. Sin embargo, este mosaico delictivo cambia con rapidez. La frontera entre autor, facilitador y “mula digital” se difumina en un país azotado por la pobreza. Y los flujos de dinero pasan por pasarelas poco reguladas, lo que dificulta seguir la pista y elevar el coste del delito para los ciberdelincuentes en Venezuela.
La vida cotidiana bajo la presión digital
La cotidianeidad en Cabimas refleja la tensión entre la normalidad y la sospecha. Familias que migraron a la mensajería para comprar alimentos ahora verifican por canales alternos antes de transferir. Comercios medianos incorporan verificación en dos pasos y controles de identidad, aunque asumen un coste adicional en formación y soporte técnico.
Jóvenes con habilidades informáticas enfrentan la disyuntiva entre empleos precarios y la tentación del dinero fácil que pregonan los ciberdelincuentes en Venezuela, una narrativa que gana terreno cuando los ingresos formales no cubren necesidades básicas.
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